En el marco de la tercera jornada de la COP30, que se celebra en Belém, Brasil, emergieron dos frentes de tensión clave: por un lado, la discusión sobre la desinformación en materia climática; por otro, un enfrentamiento físico entre manifestantes y fuerzas de seguridad que puso en evidencia el grado de frustración de ciertos sectores sociales.
El debate sobre la desinformación climática ocupó un espacio importante en los debates oficiales: se señaló que las campañas de noticias falsas o engañosas no sólo niegan la ciencia del cambio climático, sino que ahora atacan las soluciones y minan la confianza pública en políticas de mitigación y adaptación. Se destaca también la creación de una estrategia internacional impulsada desde la presidencia de la COP30 para frenar esa corriente informativa dañina.
Sin embargo, cuando la atención se volvía hacia esos temas técnicos y comunicacionales, una protesta derivó en altercados al final del día. Un grupo de decenas de manifestantes — indígenas y no indígenas — irrumpió en la zona cerrada del recinto de la cumbre, la llamada “Blue Zone”, empujando barreras y accediendo al lugar donde se reúnen los delegados.
La causa principal del choque fue la demanda de una mayor participación de los pueblos indígenas en las decisiones que afectan la gestión del bosque amazónico y la denuncia de que grandes sumas de dinero se estaban invirtiendo en infraestructura para el evento, cuando estos pueblos aseguran que sus necesidades (salud, educación, protección del territorio) siguen sin atenderse.
Durante la entrada forzada al recinto, se produjeron empujones, lanzamientos de objetos — se menciona que al menos un guardia resultó con un corte encima del ojo — y detenciones temporales. Las autoridades informaron que dos miembros del personal de seguridad sufrieron lesiones menores y que se registraron daños ligeros en el lugar.
Tras el incidente, la seguridad brasileña y la del United Nations Framework Convention on Climate Change (UNFCCC) tomaron control del recinto, cerraron accesos temporalmente y aseguraron que las negociaciones continuaban sin interrupciones.
Este doble desarrollo, la lucha contra la desinformación y la manifestación directa de descontento, revela que la COP30 no es sólo una plataforma para compromisos climáticos tradicionales, sino un espacio donde se cruzan historias de justicia social, credibilidad informativa y disputa política. La protesta puso sobre la mesa que para muchos participantes no basta con hablar de reducción de emisiones o datos técnicos: piden que se considere quién decide, quién es escuchado, quién se beneficia.
En definitiva, la jornada dejó una imagen compleja: por un lado, la amenaza silenciosa de la desinformación; por otro, el estallido visible del descontento social. Ambos pueden obstaculizar la acción climática si no se abordan de forma integral.



